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Descubriendo el camino de Santiago. Sarria. Rodolfo López Quian
Descubriendo el camino de Santiago. Sarria. Rodolfo López Quian
Eran las seis de la mañana, cuando Madrid aún dormitaba bajo el aliento tibio de la madrugada. Después de una relajante ducha de agua caliente que devolvió al cuerpo la memoria del día, estábamos listos para salir. Con las maletas al borde de la ansiedad y los nervios amortiguados por la prisa, salimos a la calle trasera de la Gran Vía, donde las farolas públicas derramaban su luz tenue como si cuidaran el sueño de la ciudad. Julia, con sus temores a cuestas, solo caminaba en silencio observando los portales cerrados y las aceras vacías con una mezcla de respeto y asombro.
Tomé el teléfono con cierta inseguridad invisible y a través de una aplicación pedí el traslado. El conductor llegó con la puntualidad asignada, unos diez minutos después, y nos condujo a la estación de Chamartín, ese corazón de hierro y horarios donde muchas almas se unen y se despiden.
La estación nos recibió con su amplitud majestuosa; más grande de lo que jamás hubiera imaginado. Nunca antes, en mis cincuenta y tres años a cuestas, había estado en una estación de trenes. Lo más cercano fue un viaje que mi memoria apenas retiene: siendo niño, con mis padres, desde la calurosa Mérida hasta el puerto de Progreso, donde ahora se extiende el muelle más largo del mundo. Por eso, aquella mañana, Chamartín me pareció como entrar a una nueva dimensión de un juego digital.
Gracias a las indicaciones de un empleado con alma de guía, pasamos los controles de seguridad, identificamos nuestro número de viaje y encontramos en la pantalla digital el andén desde el cual partiríamos. Una hora después, con el pulso acompasado por la espera, abordamos el tren: vagón y asientos asignados, todo en su sitio, como si alguien hubiera escrito esa escena mucho antes de que ocurriera.
El tren Alvia, esa serpiente de metal de velocidad mixta, surcó la tierra con sus múltiples vagones, alcanzando los 250 kilómetros por hora, y con la promesa de un viaje cómodo y sin sobresaltos. La primera parte del trayecto nos llevó de Madrid a Ourense, donde descendimos con la tranquilidad prestada de los viajeros sin prisas ni compromisos firmados. Teníamos veinte minutos para cambiar de tren, y los aprovechamos para mirar la ciudad como un niño mira en el aparador ese juguete deseado sin poderlo tocar.
Ourense se nos presentó como una joya encajada en la historia: calles empedradas que susurran cuentos antiguos, casas de piedra y ladrillo con fachadas que parecen retener la respiración de los siglos. Todo era belleza y misterio, mezcla de estilos que no compiten sino se abrazan. Naturalmente, como testigos de lo extraordinario, tomamos una fotografía.
Tras cuatro horas y media de trayecto —y casi cuatrocientos kilómetros de paisajes que parecían sustraídos de películas del medievo llegamos a Sarria. Era el mediodía y el sol gallego, aunque tímido, contrarrestaba las bajas temperaturas de octubre. Al bajar del tren, envueltos en esa brisa que huele a tierra húmeda y promesas, nos dirigimos a pie hasta el Hotel Mar de Plata. No había necesidad de taxi: Google Maps, ese mapa de los nuevos peregrinos, indicaba que solo estábamos a quinientos metros del destino.
En la recepción, como quien recibe un tesoro, nos entregaron el pasaporte del alma —la credencial del peregrino—, y con un golpe de tinta húmeda nos estamparon el primer sello del Camino. ¡Ah, querido lector! No olvides que el cometido era obtener al menos dos sellos por jornada, como prueba de nuestro andar, como testimonio de que habíamos estado allí, donde nadie más puede estar por ti.
El almuerzo, en el restaurante del mismo hotel, fue un festín sencillo pero cargado de sentido: comida gallega de la que alimenta el cuerpo y el espíritu, regada con vino de la tierra y rematada con un postre tan dulce como la memoria futura que estaba por nacer.
Por la tarde, el pueblo nos abrió sus brazos. Nos tomamos la foto inevitable frente a las letras de Sarria. Visitamos la iglesia de San Salvador y la parroquial de Santa Mariña, ambas cerradas, como si custodiaran su misterio para los que saben mirar con los ojos del alma. A pesar de ello, pudimos admirar por fuera cada una de las edificaciones, la primera de estilo románico y la segunda de estilo neogótico.
Fue en ese instante, al ver los primeros albergues y a los peregrinos con sus mochilas y bastones, cuando sentimos que el Camino comenzaba a respirarnos. Compramos nuestras primeras vieiras, conchas nobles a las cuales cada uno grabó su nombre y la fecha del inicio de la travesía. Allí también estaba la flecha amarilla, guía humilde de una ruta milenaria.
La concha de viera símbolo emblemático de las rutas jacobeas representan el viaje, la reflexión y la conexión espiritual del peregrino. Actualmente tanto la concha como la flecha amarilla se usan para la señalización de los diferentes caminos jacobeos. Representa el viaje físico y espiritual del peregrino.
Al caer la noche, regresamos al hotel. Cenamos con serenidad, como se cena en víspera de algo grande. La emoción era una lámpara encendida por dentro. A pocas horas de iniciar nuestro propio camino, sabíamos que no solo serían veintidós kilómetros de polvo, brechas y senderos: serían también los primeros pasos hacia una búsqueda interior, esa que comienza cuando uno se atreve a caminar solo, incluso estando acompañado. Esa mezcla de alegría y ansiedad como cuando el novio espera a la novia en domingo de fiesta.
Dr. JOSÉ RODOLFO LÓPEZ QUIAN
Es Doctor en Ciencias de lo Fiscal por el Instituto de Especialización para Ejecutivos, Maestro en Mercadotecnia por la Universidad Anáhuac Mayab, Contador Público egresado de la UADY, Instructor Certificado con normas de competencia laboral con más de 30 años de experiencia. Maestro en Programación Neurolingüística. Ha impartido capacitación en diversos colegios y asociaciones especializadas. Integrante de Comisiones consultivas de fiscal, finanzas y comercio exterior del Colegio de Contadores Públicos de Yucatán y Sindico Titular del mismo colegio ante al SAT por el periodo 2019 - 2023.
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