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Descubriendo el camino de Santiago. El plan de viaje. Rodolfo López Quián
Descubriendo el camino de Santiago. El plan de viaje. Rodolfo López Quián
Dicen que todos los caminos llevan a Roma, pero en realidad hay otros que llevan hacia la esperanza, la redención y el eco de las campanas de Compostela. Los caminos jacobeos, llamados también rutas jacobeas, son senderos invisibles que se cruzan con lo eterno. Todos desembocan en Santiago, donde duerme el Apóstol en su lecho de piedra, abrazado por siglos de rezos y pasos penitentes. El nombre mismo —Santiago— no es sino un conjuro de los siglos: "Sant”, santo; "Iago”, que en tiempos más remotos fue Jacob, y antes aún, Ya’akov, tejido con hilos del hebreo antiguo. Así, al pronunciarlo, uno no nombra a un hombre, sino a una causa sagrada.
Había llegado el momento de escribir con tinta lo que ya ardía con claridad en mi imaginación: el viaje soñado. Recordé entonces a mi amigo Irving, a quien conocí cuando nos organizó el viaje a Colombia, nos había entregado en aquella ocasión dos hojas tamaño carta donde estaba organizado de manera meticulosa todo nuestro itinerario, desde la salida en avión a Cartagena, los hospedajes, los traslados, los tours ya programados y el regreso, todo en perfecta armonía y orden, con fechas y actividades para cada día.
Inspirado por ese recuerdo, frente a un hermoso jardín y el agua cristalina de la alberca, quienes eran fieles testigos de mi emoción por planear mi tan anhelado sueño, una tarde me senté frente al escritorio de mi oficina y empecé a hacer mi propio plan de viaje.
Empecé con paciencia de cazador a buscar vuelos de Cancún a Madrid, esperando que las tarifas bajaran como cae la fruta madura en la temporada justa. Al fin, atrapado el vuelo, me sentí dueño de una primera victoria. Luego, contacté a una agencia española especializada en el Camino, para que tejiera con manos de experto los hospedajes de cada día y asegurara los alimentos esenciales. Planeábamos recorrer el Camino en cinco jornadas, pero dedicarle doce días al viaje total: dos en Compostela, tres en Madrid, y el resto entre cielos y tierras.
Sabía que Julia, con sus temores silenciosos y su necesidad de certezas, requería más que un plan: necesitaba un pacto. Por eso, me sumergí en mapas, foros, reseñas y fotos. Cada paso debía estar calculado con una precisión casi matemática. En Madrid, no podía faltar el estadio Santiago Bernabéu, donde los dioses del fútbol reposan en vitrinas doradas y Hugo Sánchez sigue chutando goles invisibles desde su Botín de Oro. Visitaríamos también el Palacio Real, pasearíamos entre los árboles parlantes del Parque del Retiro, y nos tomaríamos la foto obligada en la Puerta del Sol, antes de devorar una paella en la Plaza Mayor como si fuera un rito de iniciación.
En Santiago de Compostela, tras sellar cada paso con sudor, el plan incluía escuchar la misa del peregrino, y —si la fortuna se mostraba generosa— ver en acción ese gigante incensario llamado "botafumeiro” que en gallego significa -echador de humo-. Ese enorme echador de humo tiene su origen desde la edad media, su uso era para perfumar la catedral y mitigar los olores provenientes de la gran cantidad de peregrinos que llegaban con nulos o muy pocos servicios higiénicos durante su caminar.
Nos recomendaron ir a Finisterre, donde el mundo —según los romanos— se acababa en un suspiro de mar. Enclavado en la "Costa da Morte”, en Galicia, con su forma de península rocosa de granito. Tiene unas vistas espectaculares del océano atlántico, además de contar con la cruz de Finisterre como lugar de peregrinación -De hecho, muchos peregrinos después de llegar a la Catedral de Santiago continúan su camino hasta Finisterre, donde se considera que esta el kilómetro cero de la peregrinación-.
Al final, el viaje ya domesticado por la tinta, con una organización y precisión milimétrica, cabía entero en dos hojas impresas. Sólo nos restaba llenar la mochila, comprar los bastones de caminante y dejar que el tiempo nos llevara hasta el día del inicio, con la certeza de que no hay plazo que no llegue ni fecha que no se cumpla.
Querido lector, no te vayas lejos. En la próxima entrega te contaré cómo fue que subimos al primer camión, abordamos el avión, y llegamos a la villa del Oso y el Madroño —la orgullosa Madrid— para comenzar, por fin, a caminar hacia nuestro propio milagro.
Dr. JOSÉ RODOLFO LÓPEZ QUIAN
Es Doctor en Ciencias de lo Fiscal por el Instituto de Especialización para Ejecutivos, Maestro en Mercadotecnia por la Universidad Anáhuac Mayab, Contador Público egresado de la UADY, Instructor Certificado con normas de competencia laboral con más de 30 años de experiencia. Maestro en Programación Neurolingüística. Ha impartido capacitación en diversos colegios y asociaciones especializadas. Integrante de Comisiones consultivas de fiscal, finanzas y comercio exterior del Colegio de Contadores Públicos de Yucatán y Sindico Titular del mismo colegio ante al SAT por el periodo 2019 - 2023.
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