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¡Mami, se está durmiendo el camionero!
¡Mami, se está durmiendo el camionero!
¡Mami, se está durmiendo el camionero! – Así germinó en mi memoria esta chocoaventura, semilla que, con el tiempo, florecería en la persona que hoy soy.
La década de los setenta, primera infancia, fue un edén donde se grabó a fuego aquella sentencia: Niñez es Destino.
A finales de esos años, cuando la razón apenas despertaba, ya el alma sentía a borbotones. Diez años tendría, y Ticul, entonces un pueblo soñoliento de no más de doce mil personas, se acurrucaba al pie de "la sierrita”, leve ondulación del paisaje que los mayas llamaron "puuc”, y donde Uxmal, bella entre las bellas, reinaba rodeada de otros silenciosos guardianes de piedra.
Ochenta kilómetros la separaban de Mérida, la blanca capital, distancia que, desde siempre, se medía en tiempo. Dos horas y media, un suspiro largo, que el progreso, con sus anchas arterias de asfalto, redujo a cuarenta y cinco minutos.
La vida pueblerina en el Ticul de los setenta y ochenta, para un chamaco de diez años, era un carnaval perpetuo. La escuela Joaquín Barrera González, por las mañanas, era una procesión de mochilas al hombro, balones al brazo y los ojos llenos de cheem, como le decimos en Yucatán a las lagañas.
El regreso a casa, un santiamén para el almuerzo, la tarea y la calle, dueña y señora de las horas.
Mérida, para muchos, era sinónimo de médico, trámites burocráticos, trabajo y, rara vez, paseo. Imagínese, lector curioso, el suplicio de un niño de diez años acompañando a su madre, quién sabe a qué madre.
Mayo, mitad de semana, tres de la tarde, cuarenta grados a la sombra y cien dentro de aquel autobús donde no cabía un alma más. Un calvario, sí, pero con una mísera ventaja: llegar al final te permitía acomodarte atrás del camionero, gozando de las migajas de su ventilador personal. Aire acondicionado, lujo reservado para el Banco del Atlántico de Ticul, que luego fue Bital y hoy es HSBC.
Si el calor te agobia, paciente lector, aguarda, que lo mejor, o lo peor, está por llegar.
Desde que subió, noté algo turbio en la mirada del camionero. Recién bañado, sí, pero con los ojos inyectados en sangre, no por demonio, sino por sopor, como de quien despierta de una siesta corta y abrupta. Así lo cuento, porque así lo recuerdo.
El "tramo de los columpios”, después de Muna, antes de Uxmal, era leyenda entre los viajeros de Ticul a Mérida. Una sinfonía de miedo e incertidumbre ante los vehículos que surgían entre crestas y valles, subidas y bajadas de la carretera. Hoy, ese tramo, devorado por la modernidad, es solo un recuerdo.
Salimos de Ticul poco después de las tres de la tarde. La ventaja: la mayoría íbamos a Mérida, lo que aseguraba un viaje de dos horas, sin paradas intermedias, pues el autobús ya iba hasta el tope.
Al iniciar el tramo de los columpios, el calor, el sudor y el sopor reinaban entre los pasajeros. Todos menos uno. Yo.
¡Mami, se está durmiendo el camionero! – Le dije a mi madre. Su espejo retrovisor, un capítulo de Netflix de terror. Los ojos del chofer, cerrándose por segundos, se fundían con la carretera y las líneas blancas, serpientes movedizas. ¡Pelaná, nos vamos a morir!, clamaba mi cerebro infantil.
De nuevo: ¡Mami, se está durmiendo el camionero!, insistí, ante la mirada atónita de los circundantes. Silencio de momias, como dice el clásico.
El chofer, de vez en cuando, sacudía la cabeza, se restregaba los ojos. ¿Qué ocurría? ¿Por qué nadie reaccionaba? ¿Exageraba mi percepción? ¿Qué veían los demás? ¿Por qué no le di un coscorrón para despertarlo?
La angustia estalló cuando el camión rozó la hierba al borde del camino. Jalé del brazo a mi madre, y como de un sueño, despertó. Lo llamó por su nombre, le reclamó. Las caras de terror de los demás, imperturbables en su inacción, aún las veo.
Si te preguntas, curioso lector, cómo terminó la chocoaventura, te diré que la memoria se me nubla. Supongo que bien, pues aquí estoy, trazando estas líneas.
Moraleja
Con el tiempo, aquel suceso me transformó en un justiciero de la fila del cine. Al colado, lo señalo y lo mando al final, mientras los demás, mudos, imitan a las momias.
He revisado este episodio con mi madre, pero su memoria lo ha borrado. Concluyo que la inacción ante lo evidente nace de una inconsciencia adulta, mientras que la conciencia plena es un don de los niños que si no se reconoce se pierde con los años.
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