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Un probable conflicto de pareja acecha. Rodolfo López Quián
Un probable conflicto de pareja acecha. Rodolfo López Quián
Descubriendo el camino de Santiago. Un probable conflicto de pareja acecha
Los temores de Julia eran antiguos y persistentes, como esas raíces que se aferran al fondo oscuro de la tierra y se niegan a soltarla, por más que se les empuje hacia la luz. Durante todos los años que duró mi vida profesional dando cursos sobre impuestos y obligaciones fiscales —una vida entera resumida en trayectos breves, hoteles impersonales y salas de conferencias con aire acondicionado perpetuo— jamás estuve fuera de casa más de tres días seguidos. No porque el mundo no me llamara, sino porque Julia, mi esposa, temía perder el ancla que la mantenía serena: la certeza de nuestra cercanía.
Julia nunca fue amiga de los viajes. Desde que nos casamos, hemos sido como dos ríos distintos que aprendieron a fluir en la misma dirección, a veces con ritmos dispares, pero siempre abrazados. Ella es la calma; yo, la inquietud. Y en esa tensión se ha construido nuestro equilibrio. Sin embargo, cada vez que tenía que ausentarme, aunque fuera por poco, el peso de mi maleta parecía arrastrar también un pedazo de su tranquilidad.
Por eso, cuando la semilla del Camino de Santiago empezó a germinar en mi alma —con sus imágenes de tierras lejanas, sendas polvorientas y catedrales envueltas en brumas centenarias— supe que no sería fácil compartir ese sueño con ella. La idea de cruzar el océano, subir a un avión por más de diez horas y caminar durante doce días por un país que ambos desconocíamos, era una prueba que no solo pondría a prueba sus miedos, sino también nuestra manera de amarnos.
La conversación ocurrió, como suelen ocurrir las cosas importantes, sin que estuviera planeada. Era junio de 2022, y el sol entraba por la ventana de la cocina como una bendición sin nombre. Durante la sobremesa, y armándome del mismo valor que usé décadas atrás para pedirle que fuera mi novia, le conté mi deseo, pero no como una petición, sino como un destino.
—Quiero hacer el Camino de Santiago este año —le dije— y lo voy a hacer. Pero quiero que seas tú quien decida si me acompaña. Si prefieres quedarte, lo entenderé y no me enojaré. Me iré solo. Pero si decides venir, que sea por ti, no por compromiso. Que sea tu elección libre, como aquel sí que me diste cuando éramos jóvenes y todo parecía posible.
Ella me miró en silencio. Fue esa clase de silencio que no se mide en segundos sino en presagios. El mismo que me regaló cuando le propuse noviazgo y me dejó esperando varios días, hasta que una tarde cualquiera —como si no fuera el inicio de todo— me dijo que sí.
Sabía que su respuesta no sería fácil. Si se quedaba, romperíamos por primera vez en treinta años la regla sagrada de no separarnos por más de tres días. Si venía, tendría que enfrentarse a sus fantasmas: el encierro de un avión, la vastedad de lo desconocido, el vértigo de estar lejos del hogar y la posibilidad —aunque mínima— de una desgracia.
Pasaron unos días. Luego, como ocurre a veces con las señales del universo, mi hermano anunció que planeaba un viaje a Colombia. Sin pensar mucho, se lo comenté a Julia, más por conversación que por intención. Pero a los dos días, me miró con la firmeza de quien ha hecho un pacto con su sombra y me dijo:
—Podríamos ir a Colombia.
—¿En serio? ¿Quieres ir? —le pregunté, incrédulo.
—No quiero —respondió—. Pero es una forma de empezar a vencer mis miedos. Quiero estar lista para acompañarte a España.
Aún no teníamos pasaportes. Tampoco certezas. Pero teníamos algo mejor: un compromiso. Colombia fue nuestro ensayo general. Allí, entre las murallas de Cartagena, los colores de Medellín y los cielos cambiantes de Bogotá, Julia aprendió a soltarse un poco, a respirar lejos de casa, a confiar en el movimiento.
Y al volver, ya no había conflicto. Había un plan. Un destino. Un camino.
La peregrinación a Santiago de Compostela ya no sería un sueño solitario, sino una travesía compartida. La haríamos juntos, como todo lo que importa en esta vida.
Dr. JOSÉ RODOLFO LÓPEZ QUIAN
Es Doctor en Ciencias de lo Fiscal por el Instituto de Especialización para Ejecutivos, Maestro en Mercadotecnia por la Universidad Anáhuac Mayab, Contador Público egresado de la UADY, Instructor Certificado con normas de competencia laboral con más de 30 años de experiencia. Maestro en Programación Neurolingüística. Ha impartido capacitación en diversos colegios y asociaciones especializadas. Integrante de Comisiones consultivas de fiscal, finanzas y comercio exterior del Colegio de Contadores Públicos de Yucatán y Sindico Titular del mismo colegio ante al SAT por el periodo 2019 - 2023.
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