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La Dulce Ilusión del "Apache": Una Lección de Paternidad y Amor
La Dulce Ilusión del "Apache": Una Lección de Paternidad y Amor
No sé cómo eran ni cómo fueron sus padres, pero del mío, que se fue al más allá hace casi veinticinco años, puedo contar una historia que aún hoy me persigue.
Siempre me asombra pensar cómo logramos sobrevivir, nosotros, cinco hermanos, a la intemperie de la vida, no solo con el legado de la educación, sino en el laberinto aún más intrincado de las emociones y los afectos.
La familia, qué ironía, ha mutado sin importar si la cuna fuera de oro o de barro. De aquel "pocos hijos para darles mucho", hemos saltado al "yo no tengo hijos, tengo perrijos", como si la ternura se hubiera vuelto un lujo insostenible. De igual forma, los estándares del bienestar han subido. Y me refiero a los orígenes de la palabra bienestar y no al uso político que se ha dado. Bienestar, estar bien. Hoy para estar bien navegamos por el océano del consumismo.
Pero regresemos a la historia. Allá en Ticul, La ciudad de los zapatos, donde el polvo de las calles guardaba los secretos de mi infancia. Mis recuerdos, como monedas antiguas, resplandecen aún en algún rincón de la memoria, atados con un hilo invisible a la figura de mi Padre.
En la Perla del Sur, como también se conocía a Ticul, existió y creo que todavía existe un lugar, entre otros tantos, donde las familias acudían en procesión sabatina y dominical, no solo a pasear, sino a entregarse al rito sagrado de la cena. El lugar: "El Restaurante El Colorín". Su dueño, un enigma andante al que todos llamaban "El Negro", es el único mortal que he conocido que logró la proeza de transformar su mote sin perder la esencia: de "El Negro" pasó a ser "El Negro Colorín". Para quien no tuviera contexto suena verdaderamente extraño imaginarlo. A ver ¿Cómo sería un negro colorín?
El platillo estrella de "El Colorín” era un sandwich que bautizaron con el nombre de "Apache”, por lo salvaje, tenía de todo, hoy sé que fue un sinónimo del Sandwich Club, ese que tiene hasta un huevo frito escondido en sus entrañas.
Te podrás imaginar, apreciable lector, que para un niño de 10 años una cena así era una epopeya. Y más si lo acompañas con un enorme vaso de helado y delicioso Milo.
De vez en cuando, el destino conspiraba para regalarme la experiencia del "Apache". Cuando sucedía, íbamos solos, mi Padre y yo, como dos conspiradores lejos del resto de la familia.
—Buenas noches, Don David y Chan David —era el saludo que "Ojos" nos tejía cada vez. "Ojos", el mesero, un muchacho que honraba su apodo con una mirada profunda como la de un "xooch" (así llamamos al búho en nuestra lengua maya).
—¿Qué pasó, "Ojos"? ¿Dónde anda el "Negro Colorín"? —preguntaba mi Padre, con la cadencia de un diálogo ensayado.
—Está en la cocina —respondía "Ojos", con la misma precisión de un relojero.
—¿Lo de siempre, Don David?
—Sí. Tráele su "Apache" al gordito.
Estoy casi seguro de que aquellas salidas "exclusivas" con mi Padre guardaban algún presagio, algún significado oculto que en aquel entonces mi alma infantil no lograba descifrar. Lo único que me importaba era la promesa de mi "Apache".
Mis ojos se encendían como luciérnagas cuando, a los pocos minutos, "Ojos" regresaba con dos "Apaches", uno para mí y otro para mi Padre. Fueron, en verdad, instantes grabados a fuego en el corazón. Tenía a mi "apache" y a mi Papá, solo para mí.
El tiempo siguió su curso, y en la adolescencia, uno ya no quiere que lo vean con su Papá. El alma se rebela, busca su propio camino e inicia la lucha por ser la persona que quieres ser.
La segunda parte de esta historia, sin embargo, me reveló una verdad tan contundente que solo años después, cuando me convertí en padre, pude abrazar en toda su magnitud.
Una tarde, con dinero en el bolsillo, seguramente fruto de algún obsequio de cumpleaños de un tío generoso, decidí darme el gusto del "Apache", pero esta vez por mi cuenta, con la independencia de quien ya no necesita guardianes.
—¿Qué pasó, Chan David, no vienes con tu viejo? —preguntó "Ojos", con una retórica que sonaba a conjuro.
—¿Te traigo tu "Apache"?
—Sí —le respondí, con la voz templada por la nueva libertad—, y un vaso de Milo.
Lo que aconteció después fue algo insólito, un portento que me llenó de asombro. "Ojos" regresó con dos "Apaches" en un solo plato.
—Aquí tienes tu "Apache", Chan David.
—Espera, "Ojos" —le dije, confundido—, yo pedí un sándwich y me estás trayendo dos.
Solo pude ver la cara de "Ojos" desatando una carcajada sonora, una cascada de risas que llenó el aire. Luego, con la sencillez de quien revela un secreto ancestral, me explicó que el "Sandwich Apache" venía en dos mitades, y que cada vez que venía con mi papá, en realidad comíamos "un apache” entre los dos. Y además tu papá trae a cada uno de tus hermanos por separado.
En aquel instante, la vergüenza me invadió como una marea, la decepción me picó el alma y la sensación de haber sido engañado, aunque dulcemente, me oprimió el pecho. Aquel niño inocente y egoísta no podía entenderlo. Pero más tarde, con el paso lento de los años y el peso sagrado de la paternidad, comprendí el verdadero y conmovedor significado de "Ser Padre".
A todos los son Padres mi reconocimiento siempre pero especialmente este día.
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