Cuando la IA se convierte en refugio emocional. Karen Salas Tejero

Cuando la IA se convierte en refugio emocional. Karen Salas Tejero

 
¿Qué ocurre cuando una persona comienza a confiar emocionalmente más en una IA que en otro ser humano?

Hace algunos años, hablar de inteligencia artificial era hablar de automatización, productividad y eficiencia. La conversación giraba alrededor de empresas, datos y tecnología. 

Pero algo empezó a cambiar silenciosamente.

Hoy, millones de personas están utilizando la IA para algo mucho más íntimo: hablar de sus emociones, desahogarse después de un mal día, ordenar pensamientos, reducir ansiedad o simplemente sentir que alguien —o algo— las escucha.

Y aunque todavía suene extraño para muchos, esto ya forma parte de la vida cotidiana.

Durante la International Conference on Artificial Intelligence for Mental Health 2026, realizada en Mérida, uno de los temas que más llamó mi atención fue precisamente ese: cómo los llamados "psychobots” o asistentes conversacionales emocionales están comenzando a ocupar un espacio que antes pertenecía casi exclusivamente a vínculos humanos, terapeutas o redes de apoyo tradicionales.

La conversación dejó claro que la IA ya no es solamente una herramienta tecnológica.

Se está convirtiendo, para muchas personas, en un espacio emocional.

Y quizás la pregunta más incómoda no es si esto va a suceder, porque ya está sucediendo. La verdadera pregunta es: ¿por qué tantas personas están encontrando en una IA algo que antes buscaban en otros seres humanos?

Parte de la respuesta tiene que ver con algo muy simple, pero profundamente humano: la necesidad de sentirse escuchado.

La IA responde de inmediato. Está disponible a cualquier hora. No interrumpe. No parece cansarse. No juzga. Y en una época marcada por estrés, ansiedad, soledad y desconexión social, esas características tienen un impacto mucho más profundo de lo que solemos admitir.

Para alguien que no puede pagar terapia, que vive aislamiento, que tiene miedo de expresar lo que siente o que simplemente no encuentra espacios seguros para hablar, una conversación con IA puede sentirse más accesible que muchas relaciones humanas.

Ese es el verdadero punto de inflexión de esta conversación.

Porque entonces dejamos de hablar únicamente de tecnología y comenzamos a hablar de salud mental, vínculos humanos, ética y sociedad.

Por un lado, sería ingenuo negar el enorme potencial que estas herramientas pueden tener. La IA podría ampliar el acceso al acompañamiento psicológico, facilitar herramientas de prevención, acercar apoyo emocional a poblaciones desatendidas e incluso ayudar a detectar señales tempranas de riesgo.

En países donde la atención en salud mental sigue siendo insuficiente, esto podría representar una oportunidad histórica.

Pero al mismo tiempo, también estamos entrando en una zona éticamente delicada que todavía no terminamos de comprender.

¿Qué ocurre cuando alguien comienza a depender emocionalmente de una tecnología? ¿Qué pasa con la privacidad de conversaciones tan íntimas? ¿Cómo diferenciamos acompañamiento emocional de sustitución emocional? ¿Quién asume la responsabilidad cuando una herramienta diseñada para "ayudar” termina afectando psicológicamente a una persona?


Y justamente ahí aparece otro desafío que todavía avanza más lento que la propia tecnología: 

La Regulación.

Los gobiernos, universidades, instituciones de salud y organismos internacionales apenas están comenzando a discutir cómo deberían evaluarse, supervisarse y limitarse estas herramientas. Hoy existen vacíos importantes en temas como privacidad emocional, responsabilidad legal, validación científica y estándares éticos para plataformas que interactúan con personas en estados psicológicos vulnerables.

Porque no estamos hablando únicamente de apps o asistentes digitales. Estamos hablando de tecnologías que pueden influir en emociones, decisiones, percepción personal y comportamiento humano.

Y quizá la parte más compleja es esta: mientras más humanas parecen estas tecnologías, más fácil resulta olvidar que detrás no existe empatía real, conciencia ni comprensión humana.

Existe simulación.

Y aunque la simulación pueda sentirse suficiente en determinados momentos, eso abre preguntas profundas sobre el futuro de nuestras relaciones, nuestra salud mental y nuestra manera de vincularnos.

Por eso creo que esta conversación ya no pertenece únicamente a ingenieros o empresas tecnológicas. También involucra a psicólogos, filósofos, investigadores, educadores, reguladores y especialistas en comportamiento humano.

Porque el desafío ya no es solamente tecnológico.

Es profundamente psicológico y humano.

Y tal vez ahí está el debate más importante de todos: el crecimiento de estas herramientas no solo habla del avance de la IA. También habla de nosotros. De nuestros niveles de desconexión, de soledad y de la enorme necesidad de escucha que existe actualmente en las personas.

La IA no creó esa necesidad.

Simplemente llegó a ocupar un espacio que, muchas veces, ya estaba vacío.

Karen Salas Tejero

Mercadóloga y Maestra en Innovación por la Universidad de Barcelona. Cuenta con estudios de especialización en innovación y desarrollo de productos por el MIT, así como formación en Psicología Positiva Aplicada. Ha impulsado proyectos de transformación e innovación para empresas, universidades y organismos empresariales, además de desempeñarse como docente y conferencista en temas de innovación, marketing y desarrollo humano.


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